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Crónica de Carnaval


Fabián Buelvas

 

Ya desde la guacherna se veía venir. Además de la multitud de gente que se agolpa en un sólo sitio a ver la cabeza de alguien que ve la cabeza de alguien que ve la cabeza de alguien que ve otro sinnúmero de cabezas de personas que bailan adornadas con lentejuelas, espejitos, canutillos, pepitas de colores, oro golfi y otra serie de perendengues, el Carnaval agrupa a otro tipo de personas con intereses no tan hedónicos, entiéndase con esto vendedores de chuzos, espuma, polvo, chicharrones, butifarra, trago, gorros de espuma cuya punta tiene forma de verga y así, la lista es interminable.

En medio de todo este caos autoimpuesto la gente se entiende, porque simplemente los unos necesitan de los otros para mantener y prolongar la jarana: el borracho al recolector de latas, el drogadicto al jíbaro, el bailarín a la muchedumbre, el taxista al turista… Hay una especie de simbiosis temporal que hace que el Carnaval perdure y se reproduzca de un modo casi exacto, año tras año.

Si uno no quiere ir a las calles principales de la ciudad, al núcleo de la fiesta ciudadana, bien sea porque no tiene plata o porque no le gustan los Carnavales, lo mejor que puede hacer es empeñar algún cachivache o dejar de tirárselas de marica con el cuentito de ¡Ay!, yo soy diferente, no me gusta la cumbia y leo a Gonzalo Arango, y salir de la casa e ir a gozarse bien enmaizenado la verbena barrial más próxima, esa donde uno se topa con todos los vecinos de la cuadra vistiendo y haciendo las cosas que uno menos se imagina.

La verbena es un microcosmos cercado con vallas metálicas improvisadas, una especie de maqueta de la fiesta central con la ventaja de que casi no tiene turistas ni vendedores avispados. Aquí sí podemos todos, no hay que pagar por ver sino por comer chuzo y mamar cerveza. La reina no es aquella niña flaca hija de algún señor pudiente de impronunciable apellido y vientre hinchado: la reina es la más querida, la que haga más escándalo y baile con más gente por más tiempo. La de este año fue una señora gorda y nalgona que vestía un jean desteñido y deshilachado, una camiseta raída estampada con la estatua de la india Catalina, y que usaba una larga peluca color morado eléctrico. Bailó hasta más no poder un disco del Joe que decía abran rueda en el salón, abran rueda en el salón / que ahí viene la tumba catre con su cadera a embriagar / nena coquetona no muevas tanto la cuna que el niño va a despertar / ay, tu me emocionas, tus caderotas / son mi día, son mi noche, son mis sueños, son mi dulce despertar.

Luego se paseó de casa en casa, mientras un grupo de niños vitoreaba hurras y madrazos. La gente la veía, todos sonrientes, felices, embriagados de licor y de fraternidad.

A mí como al fin y al cabo el ruido y las multitudes me aburren, decidí irme temprano. Que no vecinito, que cómo se va a ir, mire que es temprano, tómese el último, ¡esooooo!, hasta que, complacidos por retenerlo a uno por algunos minutos, los vecinos te sueltan.

De la verbena a mi casa me separan apenas tres cuadras: derecho, una cuadra, luego dobla por la iglesia y listo, se ve la casa azul de dos pisos, que es donde yo vivo. Y como no hay hábitat sin bacterias y Dios no descansa en Carnavales, quiso la amarga fortuna que de la nada, como espectros, aparecieran dos tipos tras de mí: uno alto y flaco, uno chaparro y gordo, coletos ambos con el pelo engominado, hediondos a marihuana. Apuré el paso. El alto y flaco lo apuró más, se puso a mi lado y me tocó el hombro:

- ¿Qué horas tienes, valecita?

Seguí caminando y me aparté un poco. No tengo reloj, dije.

- No te azares, no te voy a hacer nada.- Y se reía, el hijueputa, mientras lo decía.

No me di cuenta cuando llegó el chaparro y gordo. ¿Qué, qué?, era lo único que decía, mientras levantaba las cejas y con su mano se tocaba el abdomen, dando a entender que tenía un revólver.

- Dame la mochila.- dijo el alto y flaco.

Se la entregué enseguida. No me importaba que se llevaran mi libro de Coetzee que había empezado a leer ayer (marica, ¿para qué llevas un libro a una verbena?), ni mi celular, nada. Ni siquiera me detuvo la sospecha de que el chaparro y gordo no tenía un revólver bajo su camisa sino un guineo verde. No, yo quería que se fueran rápido, que dejaran de violentar mi espacio. Perros hijueputas. Nada de teja más impotente que un atraco: no hay consecuencias físicas y te queda esa estúpida sensación de que pudo ser peor, como si ya lo vivido no fuera de por sí desagradable. Se te viene a la cabeza que el país está en crisis pero que se mueran esos dos hijueputas, que la ciudad está peligrosa pero que se mueran esos dos hijueputas, que eso fue una consecuencia de la decadencia de valores de la humanidad pero que se mueran esos dos hijueputas. Nada lo exime, nada lo justifica. Cualquier nimiedad lo condena.

Vi cómo se alejaban, en la distancia. Pensé enseguida que esos tipos venderían mis cosas y con el dinero comprarían trago y bareta, o se culiarían a una puta, quién sabe, estamos en Carnavales, todo eso es permitido y fomentado. Los rateros necesitan alguien que les compre las cosas, que les dé dinero para gastar y poder vivir la fiesta, porque aquí los unos necesitan de los otros para mantener y prolongar la jarana, y así el Carnaval perdura y se reproduce de un modo casi exacto, año tras año.

 

Fabián Buelvas. Estudiante de Psicología de la Universidad del Norte, Barranquilla.
Editor de la Revista literaria El Bacanal. Blog: El Bacablog
Contacto: fabian.buelvas@gmail.com

     
 
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