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El espacio de reflexión ha posibilitado resignificar y redimensionar el lugar de los animales en la cultura humana, su íntima relación económica, política, religiosa y afectiva. Entre estas se destaca su función materialista donde la relación con los animales es totalmente práctica y utilitaria. Lo que se evidencia ya desde el génesis, en afirmaciones como: el hombre no solo puede, sino debe disponer del mundo animal ya que esa es la finalidad de su naturaleza, es decir, estar al servicio del hombre. Esta visión materialista de los animales se ha mantenido a lo largo de la historia, es así como el análisis teórico realizado por Marvin Harris, contribuyó a la consolidación de esta perspectiva, afirmando que:
Por otro lado, se encuentran las diferentes perspectivas simbólicas, las cuales se han interesado en el estudio de las representaciones e imaginarios humanos relacionados con el mundo animal y cómo por medio de la cultura el hombre ha dotado a los animales de sentimientos “propiamente humanos”, poderes sobrenaturales y valores morales, convirtiéndolos en fuente de inspiración de las principales vías de expresión humana, tales como la literatura, la escultura, la pintura, la música, la danza y demás. Relación que igualmente se manifiesta en nuestra propia percepción acerca del cuerpo humano, ya que éste no es ajeno ni independiente de los sistemas de símbolos e imaginarios colectivos propios del ámbito histórico-social en el que se encuentra inmerso (Tubert, 2001:247). Así, vemos como la noción de individuo constituye uno de los motores contemporáneos donde el cuerpo ocupa un lugar privilegiado, convirtiéndose en el eje sobre el cual gira la identidad del sujeto “...la imagen del cuerpo puede ser tranquilizadora, en tanto la normalidad se define como tener “un tronco, dos piernas, dos brazos, una cabeza, etc.”. Hay un primer reconocimiento que lo sitúa, efectivamente, como miembro de la especie, igual a sus congéneres. Sin embargo, el ideal del yo incluye, una dimensión estética.” (Tubert, 2001:250). No conocemos gente sin nombre, ni lenguas o culturas en las que no se establezcan de alguna manera distinciones entre yo y el otro, nosotros y ellos. Es así como el conocimiento de uno mismo siempre es una construcción y no un descubrimiento, nunca es completamente separable de la imagen y las exigencias de ser reconocido por otros (manuscrito s.a :s.l) Es así como el acceso al propio cuerpo no es nunca inmediato, sino que nuestra experiencia está mediada por un universo de representaciones, imágenes y símbolos que articulan la historia cultural de cada sujeto con el acervo de la sociedad a la que pertenece (Tubert, 2001). El cuerpo comporta en efecto, una dimensión gestual y en tal medida puede ser descifrado por los otros y transformarse en lenguaje simbólico y en vehículo de comunicación. Pero además, en cuanto cuerpo símbolo es la expresión de la manera en que una cultura se representa a sí misma y construye su propia imagen del mundo, dicho de otro modo, el cuerpo como expresión cognitiva de la cultura (significante). El cuerpo humano se ha convertido en vocero del nuevo proyecto estético, que ha logrado permear todos los niveles sociales, modificando las ideas y percepciones acerca de la forma y contenido de éste, como es el caso de las demandas culturales que se presentan en la ciudad de Medellín como escenario de moda y belleza, donde se enaltece la imagen del cuerpo esbelto, joven y atlético. Este estereotipo de belleza ejerce presión sobre todos aquellos que no cumplen tales requerimientos, entre los cuales se destacan los que conceptualmente se denominan como feos, gordos y todos aquellos que tienen algún miembro en considerable desproporción con las demás partes de su cuerpo, estatura por fuera del promedio, igualmente considerando a todos aquellos que no siguen las tendencias de la moda y la higiene corporal que están implícitas en ellas. Lo que a su vez demarca unas fronteras estructurales donde se ve el cuerpo como símbolo de poder y como expresión de las preocupaciones personales y públicas en función del orden social (Douglas, 1973). Retomando la idea inicial del marrano y su representación social, es importante considerar sus diferentes acepciones: Mamífero doméstico, de cuerpo grueso, patas cortas provistas de cuatro dedos, cabeza grande y hocico cilíndrico, criado por su carne y su cuero. (2) Persona desaliñada y sucia. (3) Persona grosera, sin cortesía y sin escrúpulos (Larousse, 1997). Marrano: Tonto, lerdo, sucio, cerdo (Jaramillo, 1994) Nos centraremos en todos aquellos que no cumplen con los estándares dominantes de belleza por ser gordos, ya que responden al imaginario popular y colectivo donde se asemejan al marrano, no sólo por ser gordos o robustos, sino también por sus hábitos alimenticios, ya que aún hoy, se considera al marrano como el animal que come indiscriminadamente, de forma desordenada y abundante, contraponiéndose directamente con la tendencia light del mundo contemporáneo, que ha incorporado productos donde todo esta un 99.9 % libre de grasa y colesterol, rompiendo con el esquema del mundo de las comidas rápidas que se ha caracterizado por las grandes cantidades de azucares, grasas y colesterol, además de la elaboración de productos light que anteriormente eran reconocidos por contener altos porcentajes de grasa, como por ejemplo la mantequilla, la coca-cola entre otros. Así mismo se asocia la suciedad al marrano, no sólo por las características del espacio que habita, sino también por la forma de ingerir los alimentos, por esta razón a las personas que comen con la boca abierta, se chorrean o sorben los alimentos se les relaciona con los cerdos. La cultura paisa ha estado íntimamente ligada al marrano, tanto a partir de sus prácticas y festividades, como lo es la marranada decembrina, donde entre otras se resalta su singularidad simbólica en Medellín, sino también desde los hábitos alimenticios cotidianos. Igualmente la experiencia de nuestro cuerpo se resignifica en el universo lingüístico, es así como abundan bromas acerca de los gordos: “gordo pero contento”, “come como un cerdo”, “chanchis”, “estás como un marrano”, “ese tipo es un marrano”, “ lo están engordando para diciembre”, “vaya cambie esas llantas a Michelin ”, ”¡ahí!, tan linda la gordita”, “tranquilo gordo tranquilo, que nadie te discrimina por gordo”, “¡no! pero no estás tan gorda”, “no tu no eres gorda eres troza”, ”gordo que se respete es lindo”... eso sin mencionar un gran número de burlas relacionadas con animales como la morsa, la ballena, el elefante, el hipopótamo y demás. Por tal razón, la población obesa, gorda o robusta, ha implementado diversas estrategias para perder peso u ocultarlo, recurriendo a métodos como los parches, las cremas, laxantes, fajas y cirugías, o transformando sus hábitos alimenticios, suprimiendo alimentos e incluyendo otros (generalmente frutas y verduras), reduciendo la cantidad de alimentos ingeridos por día, cambiando los horarios de las diferentes comidas y los elementos que los componen, propiciando el desarrollo de enfermedades como la anorexia y la bulimia. Otro fenómeno cotidiano en nuestra ciudad es, que el pan integral y los alimentos dietéticos se venden por igual con el chorizo y el chicharrón; los medios de comunicación compiten por publicitar sistemas de adelgazamiento en abundancia, los cuales se adquieren no solo en almacenes especializados, sino en ventas clandestinas, callejeras, páginas web, pedidos por teléfono y hasta en la casa de la vecina. Igualmente programas televisivos como Xtreme Make Over, Fashion Emergency, ¡No te lo pongas! ocupan el horario estelar de los más reconocidos canales internacionales de televisión, además de contar con versiones locales en gran parte de los países latinoamericanos; programas donde se convoca a todos aquellos que se han sometido a infinidad de tratamientos y aún así continúan muy lejos de su objetivo, es decir, ser bellos. Ya que la sociedad crea y recrea sus propios ídolos, los piensa, los gesta, los pule, los manipula, los enaltece, los idolatra, los rechaza y los destruye, para posteriormente dar paso a uno nuevo, en una desesperada e incesante carrera sin fin, que sólo significa lo que parece ser una necesidad humana de buscar afuera de sí mismo un modelo ideal físico-comportamental respaldado por la cultura. Estos programas se han convertido en una alternativa para cumplir con su “sueño” y cubrirlo económicamente, ya que estos cuentan con el respaldo de los cirujanos y centros médicos y estéticos más reconocidos, dietistas, entrenadores personales, asesores de imagen, quienes adoptando el papel de “salvadores de los feos”, se lucran y ridiculizan la angustia que genera no pertenecer al grupo de los “bellos”. La lógica publicitaria objetiviza el cuerpo, convirtiéndolo en un bien comercial dotado de un gran carga sexual; narices perfectas, ojos almendrados, senos de redondez, consistencia y prominencia deseosamente palpables, cinturas esbeltas de curvas exaltadas y caderas redondeadas firmes e insinuantes, son algunas de las características que predominan en la constitución física de las mujeres actuales, siendo pertinente destacar también el espacio que paralelamente se pretenden abrir los hombres, quienes buscan hacer gala de sus atributos corporales exponiendo al mundo desarrollados músculos pectorales, deltoides, bíceps, tríceps, cuadriceps, así como los comúnmente llamados vientres partidos, al mejor estilo de la barbie y kent Según lo anterior podemos ver que el importante auge de las cirugías estéticas en nuestro medio, se soporta en un proceso creciente de cambio de valores donde se da una relevancia definitiva a los bienes materiales y al culto por el cuerpo. Esto da como resultado el nacimiento de la cultura nutricional, que busca establecer nuevos órdenes dietéticos, encaminados a mantener una figura esbelta y deseada. No obstante, a los gordos se les dota de ciertas cualidades psíquicas y afectivas que se evidencian igualmente desde el lenguaje cotidiano con frases como: “todos los gorditos son buena gente”, “vale su peso en oro”, “lo que tiene de gordo lo tiene de querido”. Ante la supuesta carencia de un atractivo físico, se apropian de una personalidad atractiva que les abra un espacio y les de seguridad en sus relaciones interpersonales, por tal razón, no es raro encontrar el gordo bailarín y el gordo divertido, características que los destacan en su grupo social convirtiéndolos en la persona con la cual todos quieren estar. Con lo anterior intentamos resaltar la importancia del cerdo en la cotidianidad de nuestra ciudad, y la significación social que se le atribuye, siendo parte activa de nuestro vocabulario, ya sea de forma burlesca, al cargarlo de características que no se corresponden del todo con la realidad, ya que en la actualidad la cría de cerdos está regida por los más altos estándares de calidad, implementando sistemas de esterilización, donde se controla su reproducción y alimentación, logrando disminuir el porcentaje de grasa corporal del animal y aumentando el porcentaje de carne magra. La industrialización actúa como promotora de la dignificación del cerdo, haciendo de este una opción más saludable, e implementando técnicas de mercadeo que apuntan a la seguridad del consumo del animal, como es el caso del slogan publicitario de Zenu: “Aliméntate con confianza”. Por otra parte, como referente estético, desde su representación en el cuerpo humano donde actitudes como la gula indiscriminada, el desorden y la suciedad, son socialmente asumidas como peyorativas ya que se consideran propias del mundo animal, es decir, los animales poseen ciertos códigos y comportamientos característicos, que desde la perspectiva humana se consideran como astutos y recursivos; pero cuando éstos son ejecutados por el hombre, pierden su carácter positivo, y son pensados desde la potencialidad propia del hombre de reflexionar acerca de si mismo y desde la perfectibilidad que lo caracteriza. BIBLIOGRAFÍA Dougla, Mary, Pureza y peligro un análisis de los conceptos de contaminación y tabú, Siglo XXI de España editores S.A. Madrid, 1973. |
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Carmen Rosario Monsalve Calvete. Antropóloga, Universidad de Antioquia, Especialista en estudios urbanos. |
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