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El fotógrafo de Puerto camina por toda la playa buscando desesperadamente un cliente. Desde que en diciembre cerraron el muelle el negocio ha estado malo: sin muelle no hay gente, sin gente no hay fotos y sin fotos no hay comida. Bisnes ar bisnes, oyó decir el fotógrafo alguna vez a un turista gringo que se las quería tirar de vivo con unas fotos que acababa de tomar. Él no entendió nada en su momento, pero ahora comprendía con pasmosa desazón lo que eso significaba: que estaba jodido. Lo veo venir caminando lentamente hacia la hamaca en la que me encuentro: saca su cámara, se la acomoda en el ojo derecho, hace una mueca e inmediatamente yo levanto mi dedo índice, negándome a la foto justo cuando estaba a punto de tomarla. El fotógrafo se emputa, y a mi eso me importa un carajo. Hace el mismo procedimiento en cada uno de los kioscos de la playa, con poco éxito. Sólo una mujer vieja acepta que tome una foto a un par de niños que están a su lado. Los nietos de ella, tal vez. La cámara bota la foto como si fuese un escupitajo, el fotógrafo la toma con su mano y la agita violentamente hasta que la imagen aparece. Le pagan y se va. Se regresa por donde vino, con el sol a cuestas. Con la manga de su camiseta se quita el sudor que le corre a chorros por la frente. Malhumorado, se posa en el inicio del muelle, mira a los pescadores, conversa con algunos de los policías que tienen la orden de no dejar pasar a nadie hacia el extremo del muelle, y luego se va. Ha sido un mal día. El fotógrafo cree que está jodido porque cerraron el muelle. Lo que ignora el muy desdichado es que la empresa Polaroid dejará de fabricar los rollos que su cámara necesita. O sea que, sin saberlo, el fotógrafo está doblemente jodido. Seguramente aún piensa que puede vivir de su oficio porque, por lo demás, no sabe hacer otra cosa. Ya se enterará cuando vaya a comprar los rollos y encuentre que no hay más, que le toca buscarse otro trabajo, tal vez como poeta, o de cocinero en una sevichería. El viejo fotógrafo está condenado y lo sabe, pero no se imagina qué tanto. Sus manos están ajadas por el sol, su cuerpo ya no puede realizar otro oficio. El muelle lo ha amamantado por décadas y así, de repente, éste le da la espalda. Se hace de noche y debo irme. Caminando hacia la plaza lo veo sentado en un estadero tomando cerveza y escuchando vallenato. Va para largo, pienso yo. El fotógrafo tiene su Polaroid a cuestas, enfundada en su estuche, esperando mejor fortuna el día de mañana. Está tan jodido que no sabe que la esperanza se largó de Puerto hace años con el último barco que zarpó del muelle. |
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Matías Sorel. Integrante de la Revista El Bacanal. Blog: El Bacablog. |
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