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Alexander Cuervo López Acercarnos al mundo medieval como a cualquier contexto de época es un asunto complejo y fascinante, es encontrar la riqueza de las lógicas de ver y percibir el mundo, atendiendo a la vez a configuraciones de la actualidad que vivimos. Este ensayo pretende ir encontrando desde la hibridación cultural presupuestos que permitan la cercanía a entender procesos mas cotidianos, pretende enunciar el surgimiento de una cultura soterrada que vivencia desde el lenguaje su particular forma de habitar, mentalidad transformada desde la ruptura de referentes y perseguida en intuiciones que más tarde reconocidas como prácticas científicas y disciplinares darán cuenta de contenidos modernos. El pensamiento medieval está condicionado por las dinámicas sociales y económicas que allí se suceden, posibilitando la apertura a nuevos referentes religiosos y estéticos. La Edad Media se inicia con el choque de dos sociedades de estructuras parecidas, cuando los pueblos bárbaros forzaron las barreras que los ejércitos romanos oponían a su avance. Los germanos admiraban a Roma, pese a ser un mito derrumbado ya desde hacia tiempo, con una regresión demográfica acentuada en un envenenamiento por plomo, sustancia tóxica que se encontraba en la mayoría de elementos a su alrededor: cerámica, pinturas, esculturas... Y una economía debilitada en las regiones conquistadas, evidencia del deterioro de caminos y la mediocre defensa de los intereses de los privilegiados en manos poco confiables; se fue formando así un sustrato colonial, señorial y rústico ligado a los jefes de las aldeas. Ambas sociedades eran rurales, esclavistas, dominadas por fuertes aristocracias y de una brutalidad parecida, se mezclaron sin dificultad. El cristianismo se impuso sobre la religión germana debido a que sus dioses dentro de la mitología tenían un fin, el cristianismo por el contrario monoteísta eternizaba a su Dios; la Iglesia cristiana deseosa de unir la fe de los habitantes precipitó la fusión, asimilando elementos bárbaros y pasando a ser rural. Apareció el monasterio como la sede más avanzada para concentrar poder y saber, y desde allí posesionar los intereses eclesiásticos. Empieza un crecimiento económico determinado por factores climáticos, dado de forma primitiva en un sistema económico agro-militar, fundado en las operaciones de pillaje; ideal del imperio carolingio que dominaba gran parte de los territorios. La visión de mundo se mostraba en la intención de modelar una representación global de la sociedad: reconstrucción de un imperio y un orden romano inspirados en la Biblia y en los textos latinos, además de la persuasión del rey como sucesor de los cesares. Se crea una representación concéntrica: el rey es centro e imagen del único Dios, encargado de guiar hacia la felicidad. Sin embargo, esta imagen creada por los intelectuales de la Iglesia es contradictoria con la estructura misma del poder que se pretendía fundamentar, dividió a los poderosos unidos por la guerra y el reparto del botín. Aparece ante este pacifismo una clase análoga creciente, unido al aumento poblacional y a un perfeccionamiento de las técnicas agrarias que dieron paso al sistema feudal. La verdadera realidad ya no era la del reino sino la del señorío, núcleo de poderes enraizados en la tierra, condición rural imposible de controlar desde lejos. Los castillos fueron los puntos para la defensa local ante el pillaje, refugio para el pueblo, apropiándose cada vez más del trabajo de la tierra, de esta manera se van precisando las nuevas relaciones entre los señores y los campesinos. Cambios que favorecen a la iglesia convirtiéndose en señorial. El nuevo sistema proponía una organización triangular: La Iglesia separándose de los laicos en su labor espiritual, los guerreros encargados de la defensa de la población y los campesinos sometidos al trabajo de la tierra; modelo enmarcado en un triple antagonismo establecido en la dominación espiritual, política y económica. Cada orden debía cooperar en su conjunto para armar el gran cuerpo social, montado en la explotación de los trabajadores los señores feudales estimularon la propensión al lujo, aparecen nuevas necesidades dando paso a equipos de especialistas, albañiles, artesanos y negociantes, posibilitando el renacimiento de las ciudades. Hacia finales del siglo XII occidente sufrió una mutación de lo rural a lo urbano; las condiciones materiales, la movilidad del patrimonio, el crecimiento de la población entre otras propició un movimiento social que alteró las relaciones en estructuras horizontales. Cofradías religiosas, asociaciones comunales en defensa de los intereses colectivos, compañías armadas, debates sobre temas episcopales... El dinamismo económico dio paso también a iniciativas personales para crear empresas mercantiles, debilitando las relaciones coercitivas establecidas en la familia, la servidumbre y el dominio. Los antagonismos se manifestaron: en la esperanza del progreso; la ruptura de la tradición por parte de los más jóvenes en su espíritu aventurero y competitivo; los estudiantes rivalizaron en disertaciones aristotélicas; los caballeros en busca de riqueza y gloria, hijos de campesinos buscando satisfacción en los nuevos trabajos. Los verdaderos artesanos del progreso fueron los siervos que construyeron fortuna; mercaderes de ferias y aquellos que cambiaban moneda practicando la usura. La Iglesia empieza a plantearse el problema de la pobreza, entrando en conflicto con el anterior modelo ortodoxo, pero la práctica de la caridad va acompañada de un profundo desprecio por los pobres, tomando los matices de la marginalidad. Aparece a la luz la cultura de lo profano, personajes que pretenden independizarse de la tutela religiosa. Lúdica del lenguaje que ahonda en los imaginarios populares entremezclados con temas burlescos, la aparición del demonio como espíritu festivo, el interés extraño sobre la deformación que lleva a personas con enfermedades congénitas a ser expuestas en público, los juegos de palabras satirizando al poder... Lo sagrado y lo profano se encuentran en lo cotidiano, lo popular adquiere importancia desde la necesidad de observarse en el sincretismo religioso, cultura que encontraría nuevos dispositivos de sanción, la risa deviene peligrosa. Umberto Eco muestra este quiebre en El Nombre de la Rosa desde los cambios de la tradición y las rupturas que se venían dando en el interior del monasterio. En síntesis el medioevo esta atravesado por un pensamiento sincrético, condicionado por mezclas culturales. Hereda del antiguo imperio romano todos los elementos basados en la colonización: la subyugación de pueblos, la absorción de creencias y tradiciones, la adaptación a diferentes espacios geográficos, al intercambio de lenguas y objetos de valor plástico, entre otros. Dando pie a fenómenos como el surgimiento del cristianismo y las invasiones bárbaras, que terminarían estructurando los imaginarios y las formas del hombre medieval que en su particularidad son bastante complejas. |
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Alexander Cuervo López. Artista independiente y diseñador. |
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